Aquellos directos de buena música. Es comprensible esa nostalgia, lo que hacían Varela y Salinas era música «de verdad», artesanal y sin artificios, algo que se siente cada vez más escaso en el panorama comercial de hoy.
Esa autenticidad venía de varios puntos que hacían sus directos irrepetibles:
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- La cercanía física: No había grandes escenarios ni distancias; podías ver cómo vibraban las cuerdas del bajo de Gustavo o escuchar la respiración de Juan Luis antes de cada fraseo.
- El riesgo del directo: Al tocar sobre bases (el famoso «tercer músico» virtual), se exponían a una precisión que exigía mucha complicidad. Si uno fallaba, se notaba, pero ellos tenían esa conexión casi telepática.
- La selección del repertorio: No buscaban el hit del momento, sino la emoción de un estándar de jazz o la calidez de una bossa nova, priorizando el gusto personal y la calidad sobre la moda.
- El arraigo: Eran músicos de su tierra (Turón, Mieres). Había un orgullo local en ver a personas con tanto talento técnico ofreciendo cultura de calidad en los bares y ateneos de las Cuencas.
Como bien dice el artículo de «Sidra y Jazz«, verlos bajo el orbayu o en una terraza pequeña era una experiencia sensorial completa que la música en «streaming» o los grandes festivales actuales no pueden replicar. Queda el consuelo de que proyectos como su web mantienen viva esa memoria para quienes, como tú, supieron apreciar esos momentos de música con mayúsculas.
Fuente documental
https://gemini.google.com

